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En otra vida debí ser ama de llaves. Me gusta tender, barrer, quitar el polvo. Fregar los platos me relaja. Y no hay nada que me resulte más eficaz que hacer listas.

Ya desde pequeña apuntaba maneras: hacia la cama con gran disposición, estirando las sábanas, ahuecando la almohada, acicalando los cojines. Me motivaba mucho ordenar mi cuarto y podía dedicarle horas, incluso días enteros. Y siempre he sido yo la encargada de disponer las maletas en el maletero. Me gusta llevar el carro de la compra ordenado y organizar las bolsas: los lácteos por un lado, las frutas por otro, los aperitivos en su bolsa a parte...

No crean que fui un ama de llaves cualquiera, no. Sospecho que fui inglesa, pues, de siempre, todo lo británico me atrajo. Me imagino alta, algo rolliza, con un moño de pelo cano muy tirante, en una gran manor inglesa. El delantal blanco, impoluto, bien almidonado. La tetera en el fuego, siempre lista, y un par de anteojos resbalándome por la nariz. Con un gran sentido de la tradición, no toleraría una falta de educación y tendría ese humor irónico tan inglés. Estricta, rigurosa y minuciosa, me metería hasta en la cocina para tenerlo todo bajo control. Organizaría los menús, velaría por el buen funcionamiento de las doncellas y nada me pondría de mejor humor que tener la casa llena de ilustres invitados.

Tendría, como ahora, bastante carácter. Hay cosas que no cambian. Leal, exigente, algo mandona; aunque en el fondo buena gente. Sospecho que fui golosa, que untaba las rebanadas del pan del desayuno con gruesas capas de mantequilla y miel y que nunca decía que no a uno (o dos) tragos de ginebra.

La vida discurre apaciblemente ajetreada en mi manor inglesa. Bien considerada, respetada por todos, mi opinión es escuchada y dispongo a mi antojo. Solo detesto al de las caballerizas, pero es un odio cordial; por zafio.

Llueve con empeño sobre la campiña inglesa. Es el día libre del servicio y la manor está extrañamente silenciosa. Sentada frente a la ventana, a un lado una buena taza de té negro, al otro un puñado de calcetines para zurzir, contemplo la lluvia romper sobre las colinas, resbalar sobre el camino empedrado, brillar sobre el macizo de hortensias.

Y pienso, que, quizás, en otra vida, me gustaría escribir relatos. 



Foto de ANA GUISADO 
Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca. 
Jorge Luis Borges.



Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado. No recuerdo el momento exacto; ni siquiera cuál fue el primer libro que cayó entre mis manos; el caso es que me recuerdo siempre rodeada de libros, periódicos, diccionarios o revistas. 

Recuerdo las tardes rebuscando libros en la biblioteca. El silencio envolvente, rasgado tan solo por el crujido de las hojas y algún carraspeo. El ritual a la hora de hojear un libro: fijarme en un título; palpar las cubiertas; leer la contraportada y la dedicatoria; adelantarme a las primeras frases y luego volar hasta la página 13; y terminar al azar, en cualquier hoja. La emoción de llegar con el botín a casa, encaramarme en el sofá, revisar los elegidos, decidir por cuál empezar y entregarme a la lectura (entonces podía).

Cuando una tiene la suerte de nacer en una familia lectora, leer se convierte en algo tan obvio como respirar. Leer en la cama, en el sofá, en la cocina y en la escalera. Leer de pie. Leer también, como no, en el baño. 

Hay libros para todos, hay lecturas para cualquiera. Libros para entretener, para divertir, para recrearse. Libros para emocionar y para recordar. Libros para ser pensados, mis favoritos. Hay libros que duelen y libros que salvan. Hay libros para instruir, para adoctrinar,  éstos son los más peligrosos. También hay libros para olvidar o para ser olvidados. 

Ha habido libros que me han tocado. Que me han acompañado incluso tras cerrar sus páginas. Historias que me han dejado resaca y personajes por los que todavía me pregunto. Siempre que esto me ocurre tengo que esperar unos días antes de arrojarme al siguiente libro. Porque, también, hay libros que atrapan, que te muerden, un poquito, el corazón. Que dejan surco.

Estar a solas, con un buen libro. Quedarte enfrascada en un párrafo cualquiera. Releer un texto sólo por el placer de gozar con las palabras. Saborear una frase, paladear una historia, masticar un argumento y digerir un final. Leer y comer, placeres que se dan la mano.

27 letras, un puñado de signos de puntuación, una buena pluma  y ... ZAS, la magia. 



Foto de ANA GUISADO



  • Si guardas en tu puesto la cabeza tranquila,
  • cuando todo a tu lado es cabeza perdida.
  • Si tienes en ti mismo una fe que te niegan
  • y no desprecias nunca las dudas que ellos tengan.
  • Si esperas en tu puesto, sin fatiga en la espera.
  • Si engañado, no engañas.
  • Si no buscas más odio, que el odio que te tengan.
  • Si eres bueno, y no finges ser mejor de lo que eres.
  • Si al hablar no exageras, lo que sabes y quieres.
  •  
  • Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo.
  • Si piensas y rechazas lo que piensas en vano.
  • Si alcanzas el Triunfo ó llega la Derrota,
  • y a los dos impostores les tratas de igual forma.
  • Si logras que se sepa la verdad que has hablado,
  • a pesar del sofisma del Orbe encanallado.
  • Si vuelves al comienzo de la obra perdida,
  • aunque esta obra sea la de toda tu vida.
  •  
  • Si arriesgas en un golpe y lleno de alegría,
  • tus ganancias de siempre a la suerte de un día,
  • y pierdes, y te lanzas de nuevo a la pelea,
  • sin decir nada a nadie lo que es, ni lo que era.
  • Si logras que los nervios y el corazón te asistan,
  • aún después de la fuga de tu cuerpo en fatiga,
  • y se agarren contigo, cuando no quede nada,
  • porque tú lo deseas, lo quieres y lo mandas.
  •  
  • Si hablas con el pueblo, y guardas la virtud.
  • Si marchas junto a Reyes, con tu paso y tu luz.
  • Si nadie que te hiera, llega a hacerte la herida.
  • Si todos te reclaman, y ninguno te precisa.
  • Si llenas el minuto inolvidable y cierto,
  • de sesenta segundos, que te llevan al cielo.
  • Todo lo de esta Tierra será de tu dominio,
  • Y mucho más aún ...
  • ¡ Serás Hombre, hijo mío !
Cuando era pequeña una copia del "If" de Kipling colgaba de mi estantería. Me gustaba leerla a menudo, tanto, que me la aprendí de memoria. Luego crecí, me hice mayor y dejé de dormir en aquel cuarto. Pero este poema me sigue acompañando y aquel papel debe andar todavía por algún lado. 

Me gusta releerlo o recordarlo en los días en los que, por cualquier razón, ando torcida y las cosas no son como me gustaría. 

Esperar, soñar, arriesgar, confiar. Buscar en tu interior, llenar los minutos... Llegar al cielo. 

No hay nada más sencillo y a la vez más difícil que ser "un hombre".

Y no hay nada que me motive más que intentarlo.


Foto de Ana Guisado


... Si sueñas y los sueños no te hacen su esclavo...
Rudyard Kipling


Foto de Ana Guisado
Recuerdo amaneceres nevados, nervios, a toda mi familia en casa. Me veo tumbada en la cama, con mucha fiebre, a mi madre y a mi abuela dándome friegas. Recuerdo a mi padre despertándome para soplarme mi regalo. Llamadas de teléfono, cartas en el buzón, visitas sorpresa. 

Cuando era pequeña no me encantaba mi cumple. No podía repartir caramelos en clase ni celebrarlo con mis compañeros del cole: todos andaban de vacaciones. Iba a comer con mi familia, en vez de a cenar, como en los otros cumples. Pero todo el mundo estaba harto. Y yo sentía que entre tanta fiesta navideña mi cumpleaños pasaba desapercibido, que no lo vivía, que no lo sentía.

Con el tiempo llegué a disfrutarlo. Recicle la comida en un súper desayuno (eso siempre apetece), donde abundan el zumo de naranja, el mango, los croissants a la plancha y las tostadas con embutido. Porque yo soy de mañanas, porque me encanta desayunar y porque así me queda todo el día por delante para aprovecharlo. Me rodée de la gente que más quiero y me regocijé en la suerte de poder disfrutar del día entero, siempre, para mí, sin clases, ni estudios, ni exámenes; y cuando trabajé , me di vacaciones.

Confieso que no soy muy de fiestas. Creo en los ciclos, los ritmos, y los rituales. Y, al coincidir mi cumpleaños con esta época del año, hago mucho trabajo interior. En mi otra vida dedicaba mucho tiempo a pensar: en el año que dejaba atrás y en lo que prometía el siguiente. Salía a caminar (caminar ayuda a pensar) y con pequeños gestos: una música especial, una ropa elegida con esmero, una lectura emotiva, intentaba reflejar mis nuevos propósitos. Con tres niños pequeños ese tiempo de introspección es ahora complicado de encontrar, pero sigue siendo necesario. Me gusta pensar en quién soy, y en hacia dónde encaminar mis pasos. Ser consciente de mis carencias, de mis anhelos, de mis ideales, me ayuda a sentirme más dueña de mi destino y así intentar llenar mis vacíos. Esta vez, mi año empieza aquí, vertiendo mis pensamientos frente al teclado, porque escribir también ayuda a pensar.

Me gusta creer que todo en la vida sigue una cadencia y así la vida nos regala nuevas oportunidades, año tras año. Y entiendo que estamos aquí para crecer, para evolucionar. Porque, al final, pase lo que pase, después de la noche siempre, siempre, el sol vuelve a salir.

Nos vemos el año que viene. Gracias por estar. Y a por el 2015.
Me gustan los ritos, las tradiciones y saber el por qué de las cosas. Intento encontrarle un sentido a mis actos y no seguir, a ciegas, la corriente. Por eso estos días en los que las calles se llenan de luces y la gente se lanza a celebrar, me paro a pensar qué es el Adviento y por qué me gusta.

El Adviento es la época de ESPERA. Estamos en el momento del año más oscuro, cuando el sol apenas luce y la naturaleza parece que está muerta. Tradicionalmente, lo que se celebraba era el solsticio de Invierno, el día más oscuro del año a partir del cual los días comienzan a ser más largos y la naturaleza parece "despertar". Este ciclo de la naturaleza debería ser acompañado desde casa, por eso es una época de introspección, de reflexión, de recogida. Es el momento de alimentar nuestra luz interior para que la calidez haga más llevadero el frío y la oscuridad que (debería) reinar en la tierra. En un mundo en el que todo es rápido y a la voz de ya, en el que ya no hay que esperar ni para recibir una carta o una llamada de teléfono, cuando puedes comprar unas entradas en el tiempo que tardas en hacer clic y hasta las fotos las ves al instante; yo veo que esa espera es, hoy, particularmente necesaria para fortalecer la paciencia que es una de las virtudes más descuidadas.

El Adviento dura cuatro semanas. Comienza en el domingo más próximo al 30 de noviembre y ocupa los cuatro domingos antes de la Navidad, por eso cada año empieza en una fecha distinta. Esperamos el nacimiento de Jesús (que es un símbolo de esa luz del alma) y lo hacemos acompañados de varios elementos:

La Corona de Adviento: 

La corona es redonda, símbolo del ciclo eterno de las estaciones. Está hecha de ramas de hoja perenne, que simbolizan la vida (a pesar del invierno) y se adorna con cuatro velas rojas (una por cada domingo). Las velas nos ayudan a "vencer" esa oscuridad.

La tradición es que cada domingo se encienda una vela. Así el primer domingo encenderemos una, el segunda dos, el tercero tres, y el cuarto las cuatro velas. La forma de vivir la corona, depende de cada casa. Hay familias que se reúnen en el último momento del día, apagan todas las luces de la casa y cantan villancicos alrededor de la corona. Otras lo hacen antes de cenar y mantienen la o las velas encendidas lo que dura la cena. 

El Nacimiento:


Una manera de implicar a los niños con el Belén es mantenerlo "vivo" durante el Adviento y hacer a los niños partícipes:

Colocaremos, sobre una mesa, a un extremo María, Jose y el burro. En el otro, el pesebre, sobré éste, el Angel. El fondo azul, estrellado, simbolizando la noche, la oscuridad.

Y cada semana iremos ampliando esta escena mientras que los niños pueden ayudar a María y Jose a caminar hacia el pesebre:
-La primera semana es el Reino Mineral. Podemos ir al campo para que los niños cojan pequeñas piedras que no se colocan al azar, si no trazando el camino para María. 
-La segunda semana es el Reino Vegetal, en el que los niños colocaran musgo , ramas, brezo, etc.
-La tercera semana es el Reino Animal, colocarán ovejas, corderos, etc.

Y la última semana, con María y José a las puertas del Pesebre, el Reino del hombre; colocamos a los pastores y demás personajes.

Pero al niño Jesús no lo colocamos hasta la noche del 24 de diciembre.

Los Reyes Magos harán su entrada pasado el día 25. E idealmente se situarán al otro extremo de la habitación, para ir avanzando cada día, hasta llegar al portal el día 5 por la noche. 

El Árbol de Navidad:

Tradicionalmente, el árbol no se coloca hasta el mismo día 24 (que es cuando acaba el adviento y comienza la Navidad). Esto es así para no restar protagonismo a la corona, y para hacer de ese día un día señalado e importante. Una buena idea es decorarlo con elementos naturales: piñas, vainas de canela, rodajas de naranja secas, etc. O adornos hechos por nosotros. Puesto que como el Adviento es una época de recogimiento, nosotros deberíamos, también, recogernos en casa, y aprovechar estos días para encender el horno, hacer galletas o preparar esos adornillos, tarjetas de Navidad, etc.

En Alemania y otros países el árbol es de verdad y después de la Navidad se replanta, y se decora con pequeñas velas, también de verdad, que se encienden (siempre la luz...) También en Alemania y Austria es típico elaborar unas galletas avainilladas, con forma de media luna, las "vanillekipferl". Aquí tenemos, más adelante, el roscón de reyes. Encuentro que eso de comer algo sólo en determinada época del año es una tradición preciosa.

Fíjate como están presentes los 5 sentidos: el olfato, con el olor de las velas y de las ramas de la corona; el oído, con la música de los villancicos; la vista, con todos las decoraciones de la casa, la luz de las velas, etc; el tacto, adornando, cocinando, empaquetando, y el gusto, pues es época de comer y celebrar en torno a la mesa.

El Calendario de Adviento:

Por lo visto, lo del calendario surgió a finales del siglo XIX en la Alemania protestante. Los niños encendían cada día una vela durante todo el periodo de Adviento. Viendo las velas que les quedan por abrir comprendían mejor cuanto queda para Navidad.

Ahora está muy de moda hacer tu propio calendario de Adviento, y dejar, cada día, una sorpresita para que los niños la descubran por la mañana. A nosotros nos lo dejan los enanitos del Adviento; y las sorpresas son pequeños tesoros para mis hijos: piedras, caracolas, algún adorno de fieltro, un cascabel... 

Éstas son algunas ideas para celebrar el Adviento. No pienses que tienes que hacerlas todas, ni que requieren de muchos preparativos. Cada familia es un mundo y lo interesante es adaptar las tradiciones para que funcionen en casa. Pero sí que creo que es bonito acompañar a los niños en sus vivencias e intentar vivir con ellos la magia de esta época, que ha sido reverenciada desde hace miles de años. Ellos lo viven muy intensamente, disfrutan mucho y son momentos, y lo digo por experiencia, que se quedan grabados en el corazón.


¡FELIZ ADVIENTO!

Te estoy tejiendo un par de alas
Sé que te irás cuando termine
Pero no soporto verte sin volar...
Andrés Castuera-Micher


Que tener hijos te cambia la vida... Eso lo sabe todo el mundo. Igual que todo el mundo quiere a sus hijos y desea lo mejor para ellos. A ser padre se aprende sobre la marcha, por muchos libros que uno lea, la realidad siempre supera la ficción y uno nunca está realmente del todo preparado.

Ser padre es más un camino que un destino y NUNCA tiene (o no debería) tener un final. Yo apenas estoy empezando, hay muchas cosas que no tengo claras, hay días que me desespero y pienso que algo estoy haciendo mal y otros en los que atisbo, en la conducta de mis hijos, pequeños destellos de las grandes personas que un día espero que sean.

Pero lo que sí que tengo claro (por experiencia propia) es que, como dijo Rilke, "La verdadera patria del hombre es la infancia". Por eso me esmero en construir unos buenos cimientos en mi relación con ellos. Procuro transmitirles valores, los buenos, los de verdad. Mis hijos me hacen mejor persona, porque me esfuerzo en comportarme de manera ejemplar y trabajo en conseguir que sean felices viviendo en sociedad. Y como los años pasan rápido y no quiero refugiarme en mis recuerdos, busco alcanzar con ellos una relación  de calidad. Quiero conservar el amor que existe ahora entre nosotros y mantener el entusiasmo y la felicidad que ahora sentimos cuando estamos juntos.

A ser padre no se aprende, ni puede enseñarse pero si que hay cosas que podemos hacer para que nuestros hijos atesoren su niñez y crezcan como personas y nosotros con ellos. Aquí van diez:

1. Nunca, nunca, jamas, les mientas. Ser una persona de palabra es ser un hombre de bien. Y salvo las mentiras piadosas y otras fiestas de guardar (reyes etc.) es preferible decir la verdad aunque eso te cueste un buen berrinche.

2. Da ejemplo. Los niños aprenden imitando: desde empezar a caminar hasta nuestros gestos, nuestra actitud y nuestras costumbres. Menos palabrería y discursitos y más acción.

3. Déjales ser como son. Aunque sean distintos a ti y no como te los habías imaginado o como te gustaría que fueran. Quiéreles por ser ellos: tímidos, torpes o payasetes. Quiéreles aunque no les gusten los dulces como a ti o no sean de tu equipo favorito. Demuéstraselo. ¡No basta sólo con sentirlo, tienes que demostrárselo! Y díselo: "Te quiero porque eres tú, y como, pase lo que pase, tú siempre vas a ser tú, yo siempre voy a quererte:"

4. Trátales con cuidado. Porque son lo más valioso que tenemos, pero son frágiles. Su corazón es delicado y nuestras reacciones a veces son exageradas. Coge aire y cuenta hasta diez: muchos gritos asustan y encogen los corazones (además de perder eficacia). Y cuidado con nuestras palabras: hieren. Y a veces dejan huellas difíciles de borrar. 

5. Cuando estés con ellos: estáte con ellos. Los momentos de baños, cenas y acostarles son momentos íntimos que puedes convertir en recuerdos preciosos. Deja el ipad y apaga el móvil. Mírales a los ojos, escúchales. Cuando sean mayores no te vas a acordar de las actualizaciones de facebook que te perdiste...

6. Trátales como personas. Porque lo son y desde que nacen. Pide las cosas por favor y dales las gracias. Y pídeles perdón cuando te equivoques. Las cosas bien hechas, bien hechas están, independientemente de a quién se las hagas.

7. Abrígales. Hace unos días me dijeron que los niños tienen que ir calentitos, arropados, cubiertos. Creo que es verdad; al fin y al cabo, no hay nada más cálido que la niñez.

8. Sáltate las reglas. Todavía recuerdo el día que, con la mesa puesta, le dije a mi madre que me apetecía comida china. Ella cogió las llave y, sin más, nos fuimos. Y aquello fue, sencillamente, genial.

9. Haz el sordo. O el ciego. Ocurre que, a veces, todos estamos cansados. En lugar de embarcarte en luchas estériles yo a veces hago como que no me entero. Incluso lo digo: "hoy es que no veo nada, pero supongo que estará todo recogido", por ejemplo. Oye, ¡y a veces hasta funciona!

10. Ríete. Por que el humor es capaz de transformar hasta la peor de las crisis. Busca el lado positivo de las cosas, transfórmate en un robot, o en su animal preferido. Bájales el tono de voz en la oreja, gesticula como si estuvieras gritando pero sin sonido... Sorpréndeles, quita hierro al asunto y, recuerda, que ésto, también pasará.



Foto de ANA GUISADO


Sólo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: 
uno, raíces; otro alas. 
H. Carter 




Eran otros tiempos. 

Las tardes en el sofá, los viajes improvisados, los paseos nocturnos. Las siestas a pierna suelta, el no tener nada en la nevera y que no importe, ir de compras (y para mí). Llegar a un sitio y  no otear el horizonte en busca de los mil y un peligros, leer en la playa y caminar (caminar sin mochila portabebés, ni empujando carrito). Poder hablar alto incluso después de las 20 horas, remolonear en la cama, liarme de copas. Poner música, la que me gusta, la que quiero (y escucharla). Pasar la tarde entera leyendo, cocinar picante, decir palabrotas. Relajarme. No enfurecerme con el mundo cuando suena el timbre a la hora de la siesta, ni sobresaltarme con el teléfono cuando es de noche. Los armarios todos para mí, mi cuarto de la plancha, y mi despacho. Comerme el último yogur, y la última galleta de chocolate. Llenar la casa de velas, dejar los bolis a mano (y las tijeras). Abrir las ventanas de par en par. Hacer cursos largos, de todo, cualquier día, a cualquier hora. Dormir en los viajes. Hacer sólo una maleta. Saborear los restaurantes (y comer sin interrupciones). Decir me voy e irme. Salir sin mudas de repuesto, ni pañuelos, ni por si acasos. Estar al día, conocer los restaurantes de moda, ir al cine o al teatro. Saltarme horarios y rutinas sin remordimientos. Leer novelas, y los periódicos y revistas de todo tipo. No tener sueño, y si lo tengo: dormir. Conservar la casa recogida sin hacer nada. Ir a la compra una sola vez. No conocer a mi médico de cabecera ni sentir dolor de espalda (¿se puede?). Ahorrar a final de mes. No ir con prisas. Encontrar las cosas donde las dejé. Despertarme por mí misma. Dormir seguido (¿lo he dicho ya?). Tener los sofás limpios (y las paredes). Llevarlo todo al día,  estar organizada, recordar las cosas. Ponerme tacones (y collares, y pendientes largos). Tener tiempo hasta para perderlo. 

No tenerle miedo a la muerte (ni a los virus).

El silencio.  

Eso era mi vida antes. Antes de tener hijos. Antes de las noches partidas y los horarios locos. Antes de los bolsos llenos y las ojeras. Cuando la vida era más o menos tranquila, serena, ordenada. Ahora todo está embarullado, desorganizado y revuelto. La vida es más ruidosa y desconcertante pero también más intensa, más pura y asombrosa, más apasionante. Y yo me siento mucho, mucho más viva.

No sé cómo podía vivir sin ellos. 


Foto de ANA GUISADO
Los viajes son en la juventud una parte de educación, y en la vejez una parte de experiencia.
Francis Bacon





Me gustan los lugares bonitos, los pueblos pintorescos, las ciudades monumentales. Los lugares que transmiten. En mi retina atesoro paisajes asturianos, secretos del Camino de Santiago y calles de París. Volvería una y mil veces a Londres, a África, o a Italia. Devoro las revistas de viaje y busco con codicioso afán destinos desconocidos. Lugares que me hagan soñar, que me emocionen por su historia, por su literatura o por su belleza.

Me ocurre casi siempre que me enamoro de los sitios. Que de tanto leer, curiosear y recorrer acabo haciéndolos míos. Imagino dónde viviría, cuál sería mi rutina, qué vida llevaría. Y así he "tenido" casa en Portugal, en Normandía o en Ibiza. Siempre virtual claro, pero ¡y lo baratitas que me salen!

Pienso que los sitios se hacen tuyos cuando los caminas, cuando tienes su plano en la cabeza, cuando te sitúas. Los viajes comienzan mucho antes de la fecha de salida. Uno ya empieza a viajar cuando planifica, cuando investiga, cuando se prepara. Porque no es lo mismo viajar que trasladarte, hay que comer la comida típica, averiguar sus costumbres, visitar sus mercados, hablar con su gente. 

Empaparte. Integrarte. Adaptarte. Donde fueres haz lo que vieres.

Por eso tampoco suelo hacer fotos de las cosas que me impactan. En mi memoria hilvano recuerdos: la sonoridad del tamboril rociero, el sabor terroso de un buen café siciliano, el traquetreo de los carros birmanos... Viajar es aprender a mirar. Y todos los grandes viajeros han visto más cosas que las que recuerdan y recuerdan más cosas que las que han visto (B. Disraeli dixit)

Viajar, también, es mucho más que llegar. Viajar es planear, explorar, trazar rutas. Viajar es averiguar, callejear y comprar. Es perderse y encontrarse, sorprenderse y desilusionarse. Es conocer, aprender,  curiosear y atreverse. Viajar es enfrentarse al temor de lo desconocido, abrirse a lo nuevo, vencer los prejuicios, cambiar de perspectiva. 

Y viajar es volver. Porque no hay nada mejor que regresar. Aunque el hombre que vuelve nunca es el mismo que el que marchó.


Fotaza de ANA GUISADO
Podéis ver ésta y otras fotos bonitas de Ana Guisado, aquí



Septiembre es el principio. Es el mes de los comienzos, de las nuevas oportunidades. 

Antiguamente, durante esta época era cuando se contrataban ferias, cuando los agricultores y los sirvientes domésticos se ofrecían para trabajar, cuantos se renovaban los contratos. En septiembre los estudiantes tienen su última oportunidad para pasar de curso y es en septiembre cuando las universidades y los colegios comienzan su año escolar. 

Adquirir nuevas tareas, asumir nuevas responsabilidades, proponerse retos, marcarse propósitos… Todo esto es típico de este mes y como Septiembre tiene mucha personalidad (mitad verano, mitad otoño, en realidad no es ninguno de los dos y su nombre viene de septem, siete en latín, aunque ocupa la novena posición en el calendario) no es hasta hoy, día de San Miguel, cuando comienza oficialmente Septiembre y, en pleno veranillo de San Miguel, damos paso al otoño (Septiembre y sus contradicciones) y con ello a todas nuestros nuevos propósitos.

Que quieren que les diga, a mí Septiembre me encanta. Y como yo soy muy de propósitos, me encantan los retos, y creo mucho en las segundas (y terceras)  oportunidades, aquí me tienen otra vez, frente al teclado (aunque por aquello de las contradicciones escribo con pluma) dispuesta a comenzar de nuevo.


Porque Septiembre es de los valientes y, si no, siempre nos quedará año nuevo…


Cuentan que fray Luis de León, tras salir de la cárcel dónde había estado encerrado cinco años, regresó a dictar su cátedra. En sus años de docencia acostumbraba a resumir las lecciones de la clase anterior, y así, al volver a la universidad después de su encierro, retomó sus clases con la frase "Como decíamos ayer..." (Dicebamus hesterna die), como si sus años de prisión no hubieran transcurrido.


A veces es bueno salir de tu zona de confort. Madrugar (un poquito), dejar a los niños con sus queridos opa y oma e ir a conocer Madrid de una forma diferente. Y eso es lo que hicimos Luis y yo el domingo: fuimos a hacer poesía en la ciudad.

Tenía muchas ganas de hacer un curso con Álvaro Sanz. Es una persona a la que admiro, no sólo por su magnífico trabajo (sus fotos son, simplemente, bellísimas),  si no también por sus iniciativas, el entusiasmo que desprende y la pasión con la que vive (y que contagia).

Su última idea se llama Poesía en la ciudad. Consiste en recorrer ciudades encontrando la poesía en sus rincones. Mirándola con ojos de viajero, descubriendo personas, portales, luces o pisadas por primera vez. La primera parada ha sido Madrid y la anfitriona de lujo fue Bea, de Con botas de agua. ¡Confieso que después de ver sus fotos me entraron muchas ganas de guardar las mías y tirar la llave! 

Pero aunque yo no hice muchísimas (y no son nada buenas, lo sé), aquí están. Hay detalles que se quedan para mí, para mis ojos. Disfruté muchísimo: de los consejos de Álvaro, de su forma de comunicar, de cómo transmite tanto -con sus manos, con sus gestos, con su cuerpo. Disfrute viendo, por fin, en persona a tanta gente "conocida" y a la que sigo: Bea, Begoña, Cristina... Pero me quedo con la experiencia, la emoción de  compartirla con otras 100 personas, disfrutar de un día diferente, romper  con la rutina e integrar en nuestros fines de semana un nuevo plan que, seguro, repetiremos más días.





















Si queréis ver cómo otros recogieron este día podéis visitar los siguientes enlaces:

Con botas de agua: Bea fue la anfitriona, diseñó un recorrido súper acertado y aguantó, siempre con una sonrisa, las cuatro horas de caminata. ¡Y eso que la llegada de su bebé está a la vuelta de la esquina!

Tea on the moon: Begoña fue la sorpresa del día. Me hizo muchísima ilusión verla, reconocerla y charlar con ella. Es dulce, natural, sonriente  y cercana, me la hubiera traído conmigo a mi casa!!! Merece la pena leer la crónica de su fin de semana rodeada de Kireei (que en japonés significa catálogo de cosas bellas).

La vida mini: Busque a Rosa y ella me encontró a mí. Amiga de mi hermana, casi vecina y fotógrafa. Y hoy me he enterado que es también bloguera!!!

Beitaprendeme: Bonita por dentro y por fuera, Bea hace, cómo no, bonitas fotos. Seguidla porque su blog viene cargado de reflexiones e inspiración.

Las Cosas de Cósima: Con un enfoque diferente y muy interesante, Cósima comparte su domingo de poesía lleno de fotos preciosas.

Y por supuesto, no dejéis de visitar las galerías de Álvaro Sanz (pura energía y carisma) y Monica Bedmar, (una grandísima artista y la persona más parecida a un hada de los bosques que hayáis visto) y a quién ahora me pesa tanto no haber no saludado.

*Todas las fotos sin editar (sólo he recortado)... Para aprender a hacerlo, y mejorar (muuuuucho) mi técnica tendré que hacer algún curso más...


Noviembre ha sido el mes de los cambios. Me gusta esto de echar la vista atrás y enumerar como si fuera una lista todo lo que el mes me ha traído. Siempre es mucho más de lo que sugiere la rutina apresurada de los días.

Noviembre comenzó con nubarrones negros y rosas rojas. Visitamos un mercadillo, escuchamos en directo un concierto barroco y  cuentacuentos y comimos nuestro primer cocido de la temporada (y el segundo   )

Ha sido el mes del frío, de las toses, de los jarabes y las mesillas de noche con cebolla. A Noviembre le dijimos hola y adiós, acatarrados. Pero también ha sido el mes de los brownies, de los paseos y de las hojas de otoño (de las de verdad y de las caseras). J estrenó su cama, y sus cojines y yo estrené mis vestidos vintage. Celebré dos cumpleaños, aunque uno antes de tiempo y otro en la distancia. Y los dos en el mismo día.

Construimos mucho: tanto torres con bloques de madera como proyectos de futuro (y de futuro inmediato).

Sin duda con lo que me quedo de este mes es con esos cambios que proyectamos: cambios en nuestra casa, pero también cambios en nuestra forma de actuar y en nuestro interior, pues todo resuena en todo. 

Despido noviembre ilusionada; diciembre siempre suele ser un buen mes.

Toco madera.



Octubre ha sido un mes tránsito. Frontera entre el verano y  el invierno, hemos tenido días de sol y mucho calor pero también lluvia, viento y niebla y en la sierra ya ha caído una buena nevada. Los paisajes se han teñido de color vino y el verde se luce en todas sus tonalidades. Todas las estaciones tienen su aquel, pero Otoño es, sin duda, la más confortable y acogedora y además sabe a té y huele a tierra mojada. 

Echo la vista atrás: ¡han cabido tantas cosas este Octubre! Ha sido el mes de recuperar  rutinas, del comienzo de los cursos de este año (porque el año te regala la oportunidad de empezar dos veces). En octubre he vuelto a la lectura (aunque en realidad nunca me había ido) y a los encuentros literarios; me he reído con Leo Harlem, he cambiado (un poquito) mi look y he renovado el vestuario – ¡ya tocaba!

Este mes hemos celebrado el cumple de P y la casa se vistió de fútbol; he ordenado los armarios (¡viva Howards!), he viajado a Asturias (y de allí me traje un par de kilos de más…), me he comprado, por fin, unas botas de agua y he conocido a gente interesante. 

Aunque, sin duda, lo más sorprendente por inesperado son las pequeñas causalidades que me ha traído octubre. CAUSAlidades que me hacen soñar, compartir y disfrutar y que se han transformado en retos que, espero, me hagan crecer.

De la manera más dulce (decorando magdalenas) le he dicho adiós a Octubre. Ahora le  doy la bienvenida a noviembre, veremos que nos depara…