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Me gustan los ritos, las tradiciones y saber el por qué de las cosas. Intento encontrarle un sentido a mis actos y no seguir, a ciegas, la corriente. Por eso estos días en los que las calles se llenan de luces y la gente se lanza a celebrar, me paro a pensar qué es el Adviento y por qué me gusta.

El Adviento es la época de ESPERA. Estamos en el momento del año más oscuro, cuando el sol apenas luce y la naturaleza parece que está muerta. Tradicionalmente, lo que se celebraba era el solsticio de Invierno, el día más oscuro del año a partir del cual los días comienzan a ser más largos y la naturaleza parece "despertar". Este ciclo de la naturaleza debería ser acompañado desde casa, por eso es una época de introspección, de reflexión, de recogida. Es el momento de alimentar nuestra luz interior para que la calidez haga más llevadero el frío y la oscuridad que (debería) reinar en la tierra. En un mundo en el que todo es rápido y a la voz de ya, en el que ya no hay que esperar ni para recibir una carta o una llamada de teléfono, cuando puedes comprar unas entradas en el tiempo que tardas en hacer clic y hasta las fotos las ves al instante; yo veo que esa espera es, hoy, particularmente necesaria para fortalecer la paciencia que es una de las virtudes más descuidadas.

El Adviento dura cuatro semanas. Comienza en el domingo más próximo al 30 de noviembre y ocupa los cuatro domingos antes de la Navidad, por eso cada año empieza en una fecha distinta. Esperamos el nacimiento de Jesús (que es un símbolo de esa luz del alma) y lo hacemos acompañados de varios elementos:

La Corona de Adviento: 

La corona es redonda, símbolo del ciclo eterno de las estaciones. Está hecha de ramas de hoja perenne, que simbolizan la vida (a pesar del invierno) y se adorna con cuatro velas rojas (una por cada domingo). Las velas nos ayudan a "vencer" esa oscuridad.

La tradición es que cada domingo se encienda una vela. Así el primer domingo encenderemos una, el segunda dos, el tercero tres, y el cuarto las cuatro velas. La forma de vivir la corona, depende de cada casa. Hay familias que se reúnen en el último momento del día, apagan todas las luces de la casa y cantan villancicos alrededor de la corona. Otras lo hacen antes de cenar y mantienen la o las velas encendidas lo que dura la cena. 

El Nacimiento:


Una manera de implicar a los niños con el Belén es mantenerlo "vivo" durante el Adviento y hacer a los niños partícipes:

Colocaremos, sobre una mesa, a un extremo María, Jose y el burro. En el otro, el pesebre, sobré éste, el Angel. El fondo azul, estrellado, simbolizando la noche, la oscuridad.

Y cada semana iremos ampliando esta escena mientras que los niños pueden ayudar a María y Jose a caminar hacia el pesebre:
-La primera semana es el Reino Mineral. Podemos ir al campo para que los niños cojan pequeñas piedras que no se colocan al azar, si no trazando el camino para María. 
-La segunda semana es el Reino Vegetal, en el que los niños colocaran musgo , ramas, brezo, etc.
-La tercera semana es el Reino Animal, colocarán ovejas, corderos, etc.

Y la última semana, con María y José a las puertas del Pesebre, el Reino del hombre; colocamos a los pastores y demás personajes.

Pero al niño Jesús no lo colocamos hasta la noche del 24 de diciembre.

Los Reyes Magos harán su entrada pasado el día 25. E idealmente se situarán al otro extremo de la habitación, para ir avanzando cada día, hasta llegar al portal el día 5 por la noche. 

El Árbol de Navidad:

Tradicionalmente, el árbol no se coloca hasta el mismo día 24 (que es cuando acaba el adviento y comienza la Navidad). Esto es así para no restar protagonismo a la corona, y para hacer de ese día un día señalado e importante. Una buena idea es decorarlo con elementos naturales: piñas, vainas de canela, rodajas de naranja secas, etc. O adornos hechos por nosotros. Puesto que como el Adviento es una época de recogimiento, nosotros deberíamos, también, recogernos en casa, y aprovechar estos días para encender el horno, hacer galletas o preparar esos adornillos, tarjetas de Navidad, etc.

En Alemania y otros países el árbol es de verdad y después de la Navidad se replanta, y se decora con pequeñas velas, también de verdad, que se encienden (siempre la luz...) También en Alemania y Austria es típico elaborar unas galletas avainilladas, con forma de media luna, las "vanillekipferl". Aquí tenemos, más adelante, el roscón de reyes. Encuentro que eso de comer algo sólo en determinada época del año es una tradición preciosa.

Fíjate como están presentes los 5 sentidos: el olfato, con el olor de las velas y de las ramas de la corona; el oído, con la música de los villancicos; la vista, con todos las decoraciones de la casa, la luz de las velas, etc; el tacto, adornando, cocinando, empaquetando, y el gusto, pues es época de comer y celebrar en torno a la mesa.

El Calendario de Adviento:

Por lo visto, lo del calendario surgió a finales del siglo XIX en la Alemania protestante. Los niños encendían cada día una vela durante todo el periodo de Adviento. Viendo las velas que les quedan por abrir comprendían mejor cuanto queda para Navidad.

Ahora está muy de moda hacer tu propio calendario de Adviento, y dejar, cada día, una sorpresita para que los niños la descubran por la mañana. A nosotros nos lo dejan los enanitos del Adviento; y las sorpresas son pequeños tesoros para mis hijos: piedras, caracolas, algún adorno de fieltro, un cascabel... 

Éstas son algunas ideas para celebrar el Adviento. No pienses que tienes que hacerlas todas, ni que requieren de muchos preparativos. Cada familia es un mundo y lo interesante es adaptar las tradiciones para que funcionen en casa. Pero sí que creo que es bonito acompañar a los niños en sus vivencias e intentar vivir con ellos la magia de esta época, que ha sido reverenciada desde hace miles de años. Ellos lo viven muy intensamente, disfrutan mucho y son momentos, y lo digo por experiencia, que se quedan grabados en el corazón.


¡FELIZ ADVIENTO!

¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? ¿Acaso hay mejor lugar para soñar que París?




Ella es morena, con el pelo negro y lacio y los ojos grandes, rasgados. En el cole le llamaban La China, y podría pasar por turca o vietnamita pero, en realidad, cuando se maquilla, se parece un poco a Pocahontas. Sólo que más guapa.   

Tiene una buhardilla en la Place Dauphine, en París. Es una casa pequeña, un "pied-à-terre", con suelos entarimados a la francesa, puertas blancas y dos balcones estrechos por los que entra la  luz. La luz de París.

Dicen que París es para los enamorados. Y es lo que ella intenta recoger en sus fotos. Allí, su ritmo es otro. Procura salir temprano, casi de madrugada, cuando las calles aún palpitan adormecidas y el sol comienza a bañar las fachadas. Camina, recorre las plazas, callejea. Busca los sitios conocidos y se pierde para encontrar nuevos rincones escondidos que atrapar con su cámara. Fotografía chaflanes, mercadillos y terrazas. Pero lo que más le gusta retratar  es la cadencia de la ciudad y ya hace mucho tiempo que perdió el miedo a hacer robados.

Procura siempre reservarse un rato para deambular por el Louvre. A veces también visita el delicioso jardín del Museo Rodin. Se detiene a ver los barcos pasar en alguno de los puentes que asoman al Sena y no perdona una parada en algún café decadente, ni comprar pan. Un par de baguettes siempre, claro.

Al anochecer, regresa a casa. Decorado en tonos tierra, la buhardilla es todo lo que siempre soñó. Paredes forradas de libros, un sofá grande y mullido hecho a la medida de sus siestas, fotos grandes, enmarcadas con passepartout, apoyadas en el suelo. Sobre el viejo velador de mármol herencia de su abuela, cuadernos, plumas y revistas de viajes. Dos viejas maletas hacen la vez de mesa de centro y junto a los balcones, macetas de barro cocido con aspidistra, monstera y cheflera. Se advierte algo de desorden: los cojines amontonados, las mantas enredadas ... Ese pequeño desbarajuste cálido que le proporciona apenas echar de menos a los suyos. Pues cuando está allí se deja arrebatar por la ciudad y se olvida hasta de su familia. Claro que ellos la perdonan, porque conocen cómo es, y saben que, en el fondo, les quiere mucho.

Y aunque le tiene el pulso cogido a la ciudad, deambular por sus calles siempre le resulta de lo más evocador. Cuando aterriza lo hace llena de ganas y expectativas pero siempre se marcha satisfecha y con la cámara y los ojos llenos de tesoros. Y a su vuelta, cogerá el avión pensando en cuándo regresar a París pero deseando volver a casa, con sus hijos, con su marido. Aunque seguirá sin llamar a su familia.

Pero es que ella es de llamar poco.




P.D. Y por si alguien se lo pregunta, las plantas se las riega Philippe, el portero, pues, como todo el mundo sabe, las viejas buhardillas de Paris tienen porteros, educados y caballerosos, aunque algo anticuados y cascarrabias, que se llaman Philippe y acostumbran a regar las plantas.



Foto de ANA GUISADO
Love is in the air

Se conocieron en París, a principios de un verano mucho menos caluroso de lo normal. Tenían 17 años y eran los dos únicos madrileños en un grupo de cuarenta jóvenes procedentes de casi todas las partes de Europa que, con la excusa de practicar francés, iban a recorrer toda Francia y media España.

Hablaron en el aeropuerto, y en el autocar, y después de la cena, cuando los cigarrillos se acabaron y todos los demás se fueron, siguieron hablando en la habitación.

Tenían mucho más que sólo Madrid en común: amigos, bares de copas y un montón de botellas del minibar que fueron acumulando, vacías, a ambos lados del viejo sofá de flores en el que la noche se instaló con ellos. Las horas fueron pasando hasta que el amanecer se deslizó por la ventana y aunque todo seguía igual ya nada era lo mismo. Él era deportista, simpaticón, con ese punto canalla que ella detestaba tanto. Ella era culta y curiosa, y tenía ese aire de buena chica que él siempre había aborrecido.

Hacían un gran equipo.

Vivieron un mes loco de amor francés. Pasaban todo el día juntos, con la pasión de quien explora un amor no conquistado pero con la serena complicidad de quien sabe que pertenece al otro.

Encajaron como si se hubieran conocido siempre pero no dejaron de descubrirse el uno al otro. Él le contó sus sueños, ella a él sus miedos. Hablaban sin darse tregua, todas las horas eran pocas. Y así, de París bajaron a Burdeos y de allí a Toulouse y cuando quisieron darse cuenta ya habían cruzado la frontera y estaban en Huesca.

Fueron días de carreras, bailes y museos. De mapas arrugados y viajes en autobús, donde dormían uno apoyado en el otro, acoplados como las dos únicas piezas de un puzzle. Hablaban con los demás, claro, pero siempre acababan enredados en susurros, entre besos, caricias y risas.

La mañana del último día la pasaron en la piscina de un hotel de Madrid. Antes de comer bajaron todos a recepción, y allí, entre fotos, intercambios de direcciones y promesas de reencontrarse alguna vez durante el invierno, él le robó un beso en la mejilla y, sin más, se marchó.

Serían cerca de las nueve de las noche cuando unos tres años después el azar quiso disfrazarse de Cupido. Ella bajaba por uno de los tramos de las escaleras mecánicas de Metropolitano. El subía por el tramo contiguo. Se miraron largo rato, y cuando se cruzaron los dos volvieron la  mirada atrás. Al llegar al final él esbozó una sonrisa, dio media vuelta y desapareció en la noche. Ella corrió, no quería perder el metro.

Era noviembre.






Cuando Todd S. se bajó del taxi en una de esas pequeñas callejuelas  de detrás del Retiro, tuvo la extraña sensación de haber estado allí antes. Durante unos minutos contempló los edificios que le rodeaban, la pequeña placita que tenía a su izquierda y el kiosko situado a su derecha. Hasta el ruído - el habitual, el del tráfico y las prisas de una mañana madrileña cualquiera, le resultaban incomodamente  familiares. Apuró el pasó. Llamó al timbre; y agarrando con una mano el portón, con la otra cogió su mochila y dando un portazo quiso dejar atrás aquella extraña sensación.

Todd S. era, además de fotógrafo, un tipo original. Cuando en 2003 fotografió por primera vez al escritor Tom Wolfe se dio cuenta de que un retrato no era más que la máscara de un personaje.  Que la historia real se quedaba atrás, en su casa, hilvanada en sus cosas, colgada de sus cuadros, escrita en los libros que asomaban en su librería.

Así fue como empezó a fotografiar casas. Primero fueron las de sus amigos. Se presentaba casi sin avisar. Quería atrapar la vida que hay detrás del personaje; su historia; quién es.  Y por eso retrataba los detalles imprevistos: el calcetín accidental tirado al lado de la cama; la cafetera a medias en la cocina, la copa manchada en el salón... Fotografió sus cocinas, se metió en sus duchas, abrió sus armarios. 

Y aquello gustó. Mucho. Y poco a poco se hizo un nombre. Y esa pasó a ser no sólo su forma de ver, sino también su forma de vivir. 

Llevaba más de 300 casas cuando llegó a España. Casas de personas diferentes, en calles diferentes , en  ciudades diferentes. Llevaba medio mundo escondido en su mochila cuando llegó por primera vez a Madrid y por eso aquella familiaridad le resultó tan inquietante. 

Achacó el déjà vu al cansancio. De Nueva York a Tokio y de allí a París, para volver a casa pasando por Madrid. Y esto en tan sólo dos semanas y a razón de casi 900 fotos al día. Pensó también que quizás se debía a que su vida había entrado en espiral y su cerebro estaba jugando a despistarle.

No supo qué fue pero aquella desconcertante impresión le acompañó a lo largo de toda aquella sesión en la que cosió a golpe de fotos la vida de aquel artista madrileño. Y no consiguió deshacerse de ella, ni siquiera al salir de allí, cuando dejó atrás aquel edificio noble en aquella callejuela castiza de Madrid.




Sus padres no eran muy ricos pero le habían dejado la mejor herencia del mundo: el amor por la música. Ella le había salvado cuando ellos faltaron y en ella se refugiaba cuando el mundo le sonaba desafinado. En la música sembró sus sueños y esperanzas y en ella construyó su futuro.

La música fue su primer, y su único, idioma.

Recordaba los acontecimientos importantes de su vida a golpe de batuta. Su infancia eran nanas de su madre y canciones de Enrique y Ana. No recordaba los nombres de las chicas que le presentaban en los bares,  pero sí las canciones que sonaban en aquellos momentos. No concebía hacer deporte si no sonaba Queen en sus auriculares y no podía leer sin algo de música barroca en su cadena.

Sentía un amor desordenado por la música. En la banda sonora de su vida había habido momentos para motivarse, para relajarse, para evadirse y para soñar; incluso para llorar. Y todos ellos se los había proporcionado la música. 

Eligió el clarinete porque en él los agudos le sonaban más puros y los graves más rotundos. Y porque, no podía evitarlo, su timbre le recordaba a la voz de su padre, incluso cuando desafinaba.

En el pentagrama de su vida había, gracias a la música, más blancas y redondas que negras. Gozaba de un éxito sonoro que le hacía feliz. Y sin embargo cuando más sentía la magia de la música era cuando tocaba a solas.

El día había estado inquieto, el cielo agitado, pero cuando él tocaba la tarde escuchaba atenta.

Ahora que ya hemos sacado las botas de agua, y los termómetros bajan y las calefacciones tímidamente comienzan a encenderse. Ahora, justo antes de sumergirnos de lleno en el invierno, vamos a recordar el verano. Aunque sólo sea para decirle adiós, hasta la próxima...

Spring already?

Recuerdo los comienzos del  verano de mi infancia entre cubos de agua, bayetas y productos blanqueantes. Nuestra terraza era muy grande, tenía forma de U invertida y varias zonas  que albergaban distintos ambientes: el espacio para las tumbonas, el rincón del chill out, la zona de comedor  y hasta un hueco que mis padres habían aprovechado para esconder un pequeño bar. Casi todo era de color blanco: los sofás, las jardineras, los toldos y parte del suelo. El resto era verde: por el césped y la hiedra de las paredes y por todas las plantas que crecían – mucho más salvajemente de lo que a mi padre le hubiera gustado – en las jardineras.

El caso es que nuestro verano comenzaba bastante antes del mes de junio. Pocas semanas después de que el cambio de hora anunciara la próxima llegada de días largos y noches cálidas, mis padres sacaban los cubos y bayetas, los cepillos, los trapos para secar y todo tipo de productos blanqueantes que mi tía nos mandaba desde Alemania.

Siempre empezaban por los cojines más grandes. Quitaban los plásticos que los cubrían, pasaban agua a presión, extendían el blanqueante y frotaban con los cepillos. Después aclarado y secado, y así por los dos lados. Cada cojín podía llevarles casi 15 minutos y había tantos que aquello duraba semanas. Después había que mantener y relimpiar, y aplicarse a fondo para dejarlo reluciente cuando venían invitados. El viento siempre hacía de las suyas. ¡Aquello no acababa nunca!

Pasábamos el verano en la terraza; hacíamos la vida allí. Cuando éramos pequeños mi padre nos llenaba con la manguera una piscinita redonda y pequeña de plástico azul en la que apenas cabíamos  y nos compraba pistolas de agua y pelotas para mantenernos entretenidos. Pero a medida que fueron llegando los veranos comenzamos a participar en lo que se había convertido en una fiesta: la fiesta de la limpieza. Eran días de estar descalzos, de andar en camiseta, de abrazos mojados y bailes improvisados. Días donde hacer el ganso estaba permitido y comenzar guerras de agua era obligatorio. Todos ocupados, cada uno a lo suyo pero todos juntos.

Por eso para mí el verano siempre ha sido de color blanco y olor a limpio.

Y por eso cuando llega mayo y se acerca el buen tiempo y los primeros almendros en flor traen promesas de verano a mí me entran unas ganas irreprimibles de limpiar. 

Palabra de honor.

Pompas de jabón / Soap bubbles Vivían en distintos bloques de un pueblo a las afueras de Madrid. Era una colonia pequeña, sin grandes jardines, ni piscina, ni club social. Sólo un patio con suelo de color rojo y rodeado de árboles y plantas. Allí se juntaban a jugar todas las tardes, sobre todo en verano.

Era la hora de la siesta. La madre de Ana leía en uno de los bancos del patio, a la sombra. Sólo se oía el canto de los pájaros: verderones, jilgueros y algún mirlo. Desde la garita Felipe, el portero, dormitaba mientras la radio retransmitía el Tour de Francia.

Aquella tarde jugaban en corro, serían unos seis niños. Ana tenía casi cuatro años, Carolina tendría 10. Ana era más pequeña,  apenas conocía a nadie y era muy tímida. Carolina era mayor, mandona y mucho más osada.

El juego es el lenguaje de los niños. A ellos no les hacen falta reglas, ni manual de instrucciones, ni siquiera turnos. Pueden hablar idiomas distintos y aún así entenderse jugando. Por eso la madre de Ana apenas les prestaba atención y, enfrascada en su libro, sólo miraba de vez en cuando distraída. Fueron las voces de Ricard las que la hicieron reparar en lo que estaba ocurriendo.

Carolina había decidido que eran demasiados y había apartado a Ana del corro. Ricard protestaba y  Ana, sentada en el suelo, miraba con cara de no entender nada. Carolina le sujetaba los brazos para que no pudiera levantarse y unirse al grupo.

El enfado es una reacción normal en todos los seres humanos. Pero la indignación y el dolor  que siente una madre al ver a su hijo amenazado no es comparable a nada. Hay veces en las que ponerse como una leona está justificado.

La madre de Ana supo controlar su enfado, pero no pudo evitar reaccionar ante la injusticia y la ofensa de la mejor manera que supo: invitó a todos los niños a un helado. 

A todos excepto a Carolina.

A la vuelta, y con todo el cariño del mundo sólo le dijo: A nadie le gusta que le rechacen y le aparten, ¿verdad?

El tiempo pasó y a aquella tarde de juegos le siguieron otras muchas. Y Ana creció, sacó las mejores notas en el colegio y en la universidad, viajó, aprendió idiomas, comió muchos más helados e hizo muchos, muchos amigos allá donde fue. Y no volvió a recordar aquella tarde.

Carolina nunca la olvidó.

Estaba en el centro del escaparate de la papelería más bonita de Sevilla. Rodeada de cuadernos, estuches de madera pintados a mano y pompones de papel de seda de todos los colores, la primera vez que la vi sólo la observé desde la calle.

Volví a los pocos días, esta vez para entrar en la tienda. Era un local antiguo, no demasiado grande, con mucho sabor. Las paredes forradas con papel a rayas, muy gruesas, de color verde,  y un mostrador antiguo, alto y de madera.

Me atendió un señor, bajito, con bigote blanco, y vestido de traje, que salió de la trastienda en cuanto me oyó entrar. Él me explicó que la pluma formaba parte de una edición limitada de una colección inspirada en los dibujos de Leonardo da Vinci. Era de color marfil, tenía algunos de sus bocetos de puentes en el capuchón y El Hombre de Vitrubio en el barril y la particularidad de que podía transformarse en bolígrafo
.
Me dejó probarla. Escribí, como siempre, "Mañana en Roma". El trazo era fino, apenas rasgaba el papel. La tinta era de color marrón.

Siempre me ha gustado escribir con pluma, de gama alta o baja, no importa. El placer de la escritura se multiplica escribiendo a mano, empuñando una estilográfica. El ritual de cargar la tinta, la ceremonia de lavar a mano el plumín, el sonido del metal contra el papel… es toda una experiencia. Pero es que además esa pluma era algo especial, era exquisita. Y era muy cara.

Cogí la costumbre de desviarme hasta la tienda de vez en cuando para contemplarla.  Hasta que un día, en su lugar, me encontré con un bolígrafo Eskesen, bastante bonito, seguro muy práctico, pero también mucho más vulgar. 

Sólo desee que el que la hubiera comprado supiese apreciar su belleza y singularidad y disfrutara escribiendo.

Unos días después comía en familia cuando mi padre se levantó para traerme, envuelto en papel de estraza,  una cajita de madera, creo que de cedro, con la pluma de Leonardo dentro. Dijo que cuando la vió no pudo evitar pensar en mí. 

Si la vida está hecha de momentos  yo quisiera congelar ese instante.

Papá siempre sabe lo que quiero.


Mil veces nos había invitado a Marbella y mil veces dije que no, casi sin pensarlo, como por inercia. Sin embargo aquella tarde la idea no sólo no me pareció descabellada sino hasta apetecible.  Era una de esas tardes cálidas de primavera, habíamos comido muy bien,  el café silbaba en la cocina, la niña jugaba con sus cosas canturreando, el niño dormía en su sillita, y yo ojeaba una revista. Me sentía satisfecha, estaba a gusto. Entonces  la llalla me dijo que porque no íbamos a Marbella en Semana Santa y a mí me pareció una buena idea. La cosa era cómo planteárselo a Luis. Él llevaba una época viajando bastante, con muchos líos en el trabajo y yo pensaba que quizás no le apeteciese pasarse su semana de vacaciones tan lejos, con mi abuela y en su casa. Pero esa misma noche fue él el que me dijo que porque no íbamos, que le gustaría conocer el piso y que seguro que a mí abuela le haría ilusión. 

Mi abuela llevaba un año regulín. Varias operaciones, caídas y  sus 88 años, que parecía que le estaban echando un pulso. Ya no era la de siempre, apenas salía de casa y había perdido ilusión. Los días cada día le pesaban más, tenía la espalda doblada, y se fatigaba. Ni siquiera le apetecía viajar a la playa, tampoco tenía con quién ir. 

Fue eso, y saber que sólo se alegraba con los niños, lo que me convenció.

Así que preparamos las cosas: sacamos el juego de maletas grandes, buscamos dos cunas de viaje, nos surtimos de pañales, toallitas y agua mineral; preparamos comida para el viaje y juegos para entretener a los niños, compramos ropa de entretiempo, y paraguas y crema para el sol, llevamos toallas, y el ordenador y dos o tres “por si acasos”, nos peleamos con el maletero, y entre nosotros, y con el tiempo, y, por fin, el viernes, más a las once que a las diez de la mañana, pusimos rumbo hacia Marbella. 

Llegamos ocho horas después, con menos fuerzas y más dolor de espalda,  agotados, expectantes.

No tuvimos ni mala ni buena suerte con el tiempo. No hicimos excursiones, ni tomamos el sol. Salíamos de casa tarde y no dormimos la siesta, ninguno, ni un solo día. Pero desayunamos todos los días en tazas de porcelana, con servilletas de tela, y con zumo de naranja natural, recién hecho. Tomamos el aperitivo en el bar de la esquina, ese que no tiene nada especial pero en el que a mi abuela la tratan como a una estrella. Nos bañamos en el agua con los pies, como decían los niños e hicimos pompas de jabón. Paseamos por el casco antiguo, a pie y en coche de caballos. Comimos espetos de sardinas. Compramos todas las revistas de cotilleos y desmenuzamos todos y cada uno de los artículos. Le hicimos muchas fotos a la llalla, con los niños encima, dándola besos, abrazándola, también grabamos vídeos. Nos pusimos morados de patatas fritas y de croquetas, tomamos caldito todos los días y tortilla de patata. Y nosotros salimos a cenar todas las noches, como cuando éramos novios. 

Y mi abuela volvió a ser ella. 

Y entonces, a la vuelta, cuando conseguimos meter todo de nuevo en el coche y nos dijo adiós desde el balcón, me di cuenta de que la que ganaba no era ella si no yo.


La verdad es que todos estamos más tranquilos desde que Cris vino a vivir con mamá. La casa vuelve a estar limpia, huele a jabón y el sol entra a raudales. La nevera siempre está llena y mamá ha dejado de estar en pijama todo el día. Después del desayuno, la viste y la peina, a veces incluso la maquilla un poquito. Luego salen a dar un paseo. A mamá siempre le han gustado las plantas y  Cris coge flores silvestres y se las pone en el ojal, en el regazo, detrás de las orejas… Mamá se ríe como una niña. Cris es simpática y no para de hablar y cuando ya no sabe qué decir canta. Tiene una voz arenosa y espesa, dulzona y fuerte, como el ron. Sus canciones siempre derivan en una estruendosa risa, limpia y muy peculiar, que contagia a todo el que la oye. A mamá le brillan más los ojos cuando está ella, y parece que se apaga los miércoles por la tarde, y los domingos, cuando es su tiempo libre y Cris se va, y no vuelve hasta por la noche, unas veces como eufórica, otras más mustia, pero siempre riendo, sin soltar prenda de dónde ha estado o de lo que ha hecho.

Todo encaja entonces cuando me cuentan lo del bingo. Parece que Cris se lo juega todo allí, ha vendido hasta las bolsas de ropa que le dimos. Se sienta miércoles sí, domingo también, en una de las mesas del fondo, compra sus boletos por la mañana, cuando llega, y no toma nada, pero no se va hasta que no rellena el último hueco del último cartón.

“Tienes que echarla” me dijeron mis hermanos cuando se enteraron. Y yo estaba de acuerdo. Y ahora, sentada en el sofá, fumo y espero. Espero a que vuelva del paseo y mientras, no sé por qué, pienso en su risa. 

Cris se arranca esa risa de muy adentro, de las entrañas. Su vida se compone de un ramillete de desgracias que se le dibujan en las manos, pero que ha sabido borrar de su cara. Se ha construido aquí un presente, su pasado se lo robaron hace mucho. Huérfana, abandonada y explotada, dejó su país hace más de veinte años. Allí sólo le quedaban raíces.  Lo fácil hubiera sido llorar, pero Cris se lleva mal con la compasión. Ella se refugió en su risa y ha crecido en ella.

Apagué el cigarro. Recogí mis cosas y me puse en pie. Y antes de salir de la casa pasé por la habitación de Cris y  deslice en su bolso, que colgaba de la puerta, un billete de cincuenta.