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Noviembre ha sido el mes de los cambios. Me gusta esto de echar la vista atrás y enumerar como si fuera una lista todo lo que el mes me ha traído. Siempre es mucho más de lo que sugiere la rutina apresurada de los días.

Noviembre comenzó con nubarrones negros y rosas rojas. Visitamos un mercadillo, escuchamos en directo un concierto barroco y  cuentacuentos y comimos nuestro primer cocido de la temporada (y el segundo   )

Ha sido el mes del frío, de las toses, de los jarabes y las mesillas de noche con cebolla. A Noviembre le dijimos hola y adiós, acatarrados. Pero también ha sido el mes de los brownies, de los paseos y de las hojas de otoño (de las de verdad y de las caseras). J estrenó su cama, y sus cojines y yo estrené mis vestidos vintage. Celebré dos cumpleaños, aunque uno antes de tiempo y otro en la distancia. Y los dos en el mismo día.

Construimos mucho: tanto torres con bloques de madera como proyectos de futuro (y de futuro inmediato).

Sin duda con lo que me quedo de este mes es con esos cambios que proyectamos: cambios en nuestra casa, pero también cambios en nuestra forma de actuar y en nuestro interior, pues todo resuena en todo. 

Despido noviembre ilusionada; diciembre siempre suele ser un buen mes.

Toco madera.