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En otra vida debí ser ama de llaves. Me gusta tender, barrer, quitar el polvo. Fregar los platos me relaja. Y no hay nada que me resulte más eficaz que hacer listas.

Ya desde pequeña apuntaba maneras: hacia la cama con gran disposición, estirando las sábanas, ahuecando la almohada, acicalando los cojines. Me motivaba mucho ordenar mi cuarto y podía dedicarle horas, incluso días enteros. Y siempre he sido yo la encargada de disponer las maletas en el maletero. Me gusta llevar el carro de la compra ordenado y organizar las bolsas: los lácteos por un lado, las frutas por otro, los aperitivos en su bolsa a parte...

No crean que fui un ama de llaves cualquiera, no. Sospecho que fui inglesa, pues, de siempre, todo lo británico me atrajo. Me imagino alta, algo rolliza, con un moño de pelo cano muy tirante, en una gran manor inglesa. El delantal blanco, impoluto, bien almidonado. La tetera en el fuego, siempre lista, y un par de anteojos resbalándome por la nariz. Con un gran sentido de la tradición, no toleraría una falta de educación y tendría ese humor irónico tan inglés. Estricta, rigurosa y minuciosa, me metería hasta en la cocina para tenerlo todo bajo control. Organizaría los menús, velaría por el buen funcionamiento de las doncellas y nada me pondría de mejor humor que tener la casa llena de ilustres invitados.

Tendría, como ahora, bastante carácter. Hay cosas que no cambian. Leal, exigente, algo mandona; aunque en el fondo buena gente. Sospecho que fui golosa, que untaba las rebanadas del pan del desayuno con gruesas capas de mantequilla y miel y que nunca decía que no a uno (o dos) tragos de ginebra.

La vida discurre apaciblemente ajetreada en mi manor inglesa. Bien considerada, respetada por todos, mi opinión es escuchada y dispongo a mi antojo. Solo detesto al de las caballerizas, pero es un odio cordial; por zafio.

Llueve con empeño sobre la campiña inglesa. Es el día libre del servicio y la manor está extrañamente silenciosa. Sentada frente a la ventana, a un lado una buena taza de té negro, al otro un puñado de calcetines para zurzir, contemplo la lluvia romper sobre las colinas, resbalar sobre el camino empedrado, brillar sobre el macizo de hortensias.

Y pienso, que, quizás, en otra vida, me gustaría escribir relatos. 



Foto de ANA GUISADO 

Entró como un elefante en una cacharrería. Era una oficina de obra construída a base de módulos prefabricados ensamblados. Un pasillo largo, muy largo, y a ambos lados puertas que daban paso a los distintos despachos. Yo estaba en el primero, y salí a ver qué era ese alboroto de pasos y portazos. 

Moreno, algo desgarbado, tenía que agacharse para pasar por el marco de la puerta y caminaba deprisa.  De perfil rotundo y mirada noble, con maneras del que se sabe jefe antes de tiempo, se le escurrían los pantalones por detrás y calzaba, por lo menos, un 44.

Aquella noche nos volvimos a encontrar en uno de aquellos bares de su quinta (me saca siete años). Hablamos mucho, a pesar del barullo y la diferencia de altura (me saca muchos centímetros), y todavía conservo el mensaje que me mandó después, cuando llegué a casa.

Unas cuantas llamadas, y una carretera después, volvimos a encontrarnos. No puede decirse que el entorno fuera de lo más romántico, ni que nuestros planes fueran los más glamurosos. Vivíamos en un pueblo de La Mancha, y trabajábamos mucho, pero éramos (más) jóvenes y derrochábamos ganas.

El resto, como dicen los cursis, es historia. Y el SI, un año después fue rotundo.

De natural discutidor, un poco desordenado, y algo cascarrabias; es generoso, espléndido, y tiene un gran corazón. Sagaz, competitivo, trabajador, sabe hacerme reír cuando quiere y se queda dormido viendo la tele. Casero y viajero empedernido; serio e ingenioso, de talante abierto y cuadriculado; tan contradictorio como yo, por eso encajamos bien: tenemos muchas cosas en común y otras tantas opuestas; y él siempre me sorprende.

Nuestro periplo dura ya ocho años, que aunque no son muchos, dan para bastante:  Tres hijos, un puñado de sueños, un montón de escapadas, excursiones y viajes (aunque menos de los que nos gustaría), proyectos por cumplir, noches sin dormir, unas cuantas decepciones y algún que otro revés que estamos intentando aprender a capear.

Crecer, aprender, prosperar, tropezar, cambiar el rumbo. Hacernos viejos. Discutir, enredar, ilusionarnos. Atesorar recuerdos.

Y así hasta los 89. Pero mejor juntos. Nos quedan todavía unos cuantos.


Me gustan los ritos, las tradiciones y saber el por qué de las cosas. Intento encontrarle un sentido a mis actos y no seguir, a ciegas, la corriente. Por eso estos días en los que las calles se llenan de luces y la gente se lanza a celebrar, me paro a pensar qué es el Adviento y por qué me gusta.

El Adviento es la época de ESPERA. Estamos en el momento del año más oscuro, cuando el sol apenas luce y la naturaleza parece que está muerta. Tradicionalmente, lo que se celebraba era el solsticio de Invierno, el día más oscuro del año a partir del cual los días comienzan a ser más largos y la naturaleza parece "despertar". Este ciclo de la naturaleza debería ser acompañado desde casa, por eso es una época de introspección, de reflexión, de recogida. Es el momento de alimentar nuestra luz interior para que la calidez haga más llevadero el frío y la oscuridad que (debería) reinar en la tierra. En un mundo en el que todo es rápido y a la voz de ya, en el que ya no hay que esperar ni para recibir una carta o una llamada de teléfono, cuando puedes comprar unas entradas en el tiempo que tardas en hacer clic y hasta las fotos las ves al instante; yo veo que esa espera es, hoy, particularmente necesaria para fortalecer la paciencia que es una de las virtudes más descuidadas.

El Adviento dura cuatro semanas. Comienza en el domingo más próximo al 30 de noviembre y ocupa los cuatro domingos antes de la Navidad, por eso cada año empieza en una fecha distinta. Esperamos el nacimiento de Jesús (que es un símbolo de esa luz del alma) y lo hacemos acompañados de varios elementos:

La Corona de Adviento: 

La corona es redonda, símbolo del ciclo eterno de las estaciones. Está hecha de ramas de hoja perenne, que simbolizan la vida (a pesar del invierno) y se adorna con cuatro velas rojas (una por cada domingo). Las velas nos ayudan a "vencer" esa oscuridad.

La tradición es que cada domingo se encienda una vela. Así el primer domingo encenderemos una, el segunda dos, el tercero tres, y el cuarto las cuatro velas. La forma de vivir la corona, depende de cada casa. Hay familias que se reúnen en el último momento del día, apagan todas las luces de la casa y cantan villancicos alrededor de la corona. Otras lo hacen antes de cenar y mantienen la o las velas encendidas lo que dura la cena. 

El Nacimiento:


Una manera de implicar a los niños con el Belén es mantenerlo "vivo" durante el Adviento y hacer a los niños partícipes:

Colocaremos, sobre una mesa, a un extremo María, Jose y el burro. En el otro, el pesebre, sobré éste, el Angel. El fondo azul, estrellado, simbolizando la noche, la oscuridad.

Y cada semana iremos ampliando esta escena mientras que los niños pueden ayudar a María y Jose a caminar hacia el pesebre:
-La primera semana es el Reino Mineral. Podemos ir al campo para que los niños cojan pequeñas piedras que no se colocan al azar, si no trazando el camino para María. 
-La segunda semana es el Reino Vegetal, en el que los niños colocaran musgo , ramas, brezo, etc.
-La tercera semana es el Reino Animal, colocarán ovejas, corderos, etc.

Y la última semana, con María y José a las puertas del Pesebre, el Reino del hombre; colocamos a los pastores y demás personajes.

Pero al niño Jesús no lo colocamos hasta la noche del 24 de diciembre.

Los Reyes Magos harán su entrada pasado el día 25. E idealmente se situarán al otro extremo de la habitación, para ir avanzando cada día, hasta llegar al portal el día 5 por la noche. 

El Árbol de Navidad:

Tradicionalmente, el árbol no se coloca hasta el mismo día 24 (que es cuando acaba el adviento y comienza la Navidad). Esto es así para no restar protagonismo a la corona, y para hacer de ese día un día señalado e importante. Una buena idea es decorarlo con elementos naturales: piñas, vainas de canela, rodajas de naranja secas, etc. O adornos hechos por nosotros. Puesto que como el Adviento es una época de recogimiento, nosotros deberíamos, también, recogernos en casa, y aprovechar estos días para encender el horno, hacer galletas o preparar esos adornillos, tarjetas de Navidad, etc.

En Alemania y otros países el árbol es de verdad y después de la Navidad se replanta, y se decora con pequeñas velas, también de verdad, que se encienden (siempre la luz...) También en Alemania y Austria es típico elaborar unas galletas avainilladas, con forma de media luna, las "vanillekipferl". Aquí tenemos, más adelante, el roscón de reyes. Encuentro que eso de comer algo sólo en determinada época del año es una tradición preciosa.

Fíjate como están presentes los 5 sentidos: el olfato, con el olor de las velas y de las ramas de la corona; el oído, con la música de los villancicos; la vista, con todos las decoraciones de la casa, la luz de las velas, etc; el tacto, adornando, cocinando, empaquetando, y el gusto, pues es época de comer y celebrar en torno a la mesa.

El Calendario de Adviento:

Por lo visto, lo del calendario surgió a finales del siglo XIX en la Alemania protestante. Los niños encendían cada día una vela durante todo el periodo de Adviento. Viendo las velas que les quedan por abrir comprendían mejor cuanto queda para Navidad.

Ahora está muy de moda hacer tu propio calendario de Adviento, y dejar, cada día, una sorpresita para que los niños la descubran por la mañana. A nosotros nos lo dejan los enanitos del Adviento; y las sorpresas son pequeños tesoros para mis hijos: piedras, caracolas, algún adorno de fieltro, un cascabel... 

Éstas son algunas ideas para celebrar el Adviento. No pienses que tienes que hacerlas todas, ni que requieren de muchos preparativos. Cada familia es un mundo y lo interesante es adaptar las tradiciones para que funcionen en casa. Pero sí que creo que es bonito acompañar a los niños en sus vivencias e intentar vivir con ellos la magia de esta época, que ha sido reverenciada desde hace miles de años. Ellos lo viven muy intensamente, disfrutan mucho y son momentos, y lo digo por experiencia, que se quedan grabados en el corazón.


¡FELIZ ADVIENTO!

Te estoy tejiendo un par de alas
Sé que te irás cuando termine
Pero no soporto verte sin volar...
Andrés Castuera-Micher


Que tener hijos te cambia la vida... Eso lo sabe todo el mundo. Igual que todo el mundo quiere a sus hijos y desea lo mejor para ellos. A ser padre se aprende sobre la marcha, por muchos libros que uno lea, la realidad siempre supera la ficción y uno nunca está realmente del todo preparado.

Ser padre es más un camino que un destino y NUNCA tiene (o no debería) tener un final. Yo apenas estoy empezando, hay muchas cosas que no tengo claras, hay días que me desespero y pienso que algo estoy haciendo mal y otros en los que atisbo, en la conducta de mis hijos, pequeños destellos de las grandes personas que un día espero que sean.

Pero lo que sí que tengo claro (por experiencia propia) es que, como dijo Rilke, "La verdadera patria del hombre es la infancia". Por eso me esmero en construir unos buenos cimientos en mi relación con ellos. Procuro transmitirles valores, los buenos, los de verdad. Mis hijos me hacen mejor persona, porque me esfuerzo en comportarme de manera ejemplar y trabajo en conseguir que sean felices viviendo en sociedad. Y como los años pasan rápido y no quiero refugiarme en mis recuerdos, busco alcanzar con ellos una relación  de calidad. Quiero conservar el amor que existe ahora entre nosotros y mantener el entusiasmo y la felicidad que ahora sentimos cuando estamos juntos.

A ser padre no se aprende, ni puede enseñarse pero si que hay cosas que podemos hacer para que nuestros hijos atesoren su niñez y crezcan como personas y nosotros con ellos. Aquí van diez:

1. Nunca, nunca, jamas, les mientas. Ser una persona de palabra es ser un hombre de bien. Y salvo las mentiras piadosas y otras fiestas de guardar (reyes etc.) es preferible decir la verdad aunque eso te cueste un buen berrinche.

2. Da ejemplo. Los niños aprenden imitando: desde empezar a caminar hasta nuestros gestos, nuestra actitud y nuestras costumbres. Menos palabrería y discursitos y más acción.

3. Déjales ser como son. Aunque sean distintos a ti y no como te los habías imaginado o como te gustaría que fueran. Quiéreles por ser ellos: tímidos, torpes o payasetes. Quiéreles aunque no les gusten los dulces como a ti o no sean de tu equipo favorito. Demuéstraselo. ¡No basta sólo con sentirlo, tienes que demostrárselo! Y díselo: "Te quiero porque eres tú, y como, pase lo que pase, tú siempre vas a ser tú, yo siempre voy a quererte:"

4. Trátales con cuidado. Porque son lo más valioso que tenemos, pero son frágiles. Su corazón es delicado y nuestras reacciones a veces son exageradas. Coge aire y cuenta hasta diez: muchos gritos asustan y encogen los corazones (además de perder eficacia). Y cuidado con nuestras palabras: hieren. Y a veces dejan huellas difíciles de borrar. 

5. Cuando estés con ellos: estáte con ellos. Los momentos de baños, cenas y acostarles son momentos íntimos que puedes convertir en recuerdos preciosos. Deja el ipad y apaga el móvil. Mírales a los ojos, escúchales. Cuando sean mayores no te vas a acordar de las actualizaciones de facebook que te perdiste...

6. Trátales como personas. Porque lo son y desde que nacen. Pide las cosas por favor y dales las gracias. Y pídeles perdón cuando te equivoques. Las cosas bien hechas, bien hechas están, independientemente de a quién se las hagas.

7. Abrígales. Hace unos días me dijeron que los niños tienen que ir calentitos, arropados, cubiertos. Creo que es verdad; al fin y al cabo, no hay nada más cálido que la niñez.

8. Sáltate las reglas. Todavía recuerdo el día que, con la mesa puesta, le dije a mi madre que me apetecía comida china. Ella cogió las llave y, sin más, nos fuimos. Y aquello fue, sencillamente, genial.

9. Haz el sordo. O el ciego. Ocurre que, a veces, todos estamos cansados. En lugar de embarcarte en luchas estériles yo a veces hago como que no me entero. Incluso lo digo: "hoy es que no veo nada, pero supongo que estará todo recogido", por ejemplo. Oye, ¡y a veces hasta funciona!

10. Ríete. Por que el humor es capaz de transformar hasta la peor de las crisis. Busca el lado positivo de las cosas, transfórmate en un robot, o en su animal preferido. Bájales el tono de voz en la oreja, gesticula como si estuvieras gritando pero sin sonido... Sorpréndeles, quita hierro al asunto y, recuerda, que ésto, también pasará.



Foto de ANA GUISADO


Sólo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: 
uno, raíces; otro alas. 
H. Carter 




Eran otros tiempos. 

Las tardes en el sofá, los viajes improvisados, los paseos nocturnos. Las siestas a pierna suelta, el no tener nada en la nevera y que no importe, ir de compras (y para mí). Llegar a un sitio y  no otear el horizonte en busca de los mil y un peligros, leer en la playa y caminar (caminar sin mochila portabebés, ni empujando carrito). Poder hablar alto incluso después de las 20 horas, remolonear en la cama, liarme de copas. Poner música, la que me gusta, la que quiero (y escucharla). Pasar la tarde entera leyendo, cocinar picante, decir palabrotas. Relajarme. No enfurecerme con el mundo cuando suena el timbre a la hora de la siesta, ni sobresaltarme con el teléfono cuando es de noche. Los armarios todos para mí, mi cuarto de la plancha, y mi despacho. Comerme el último yogur, y la última galleta de chocolate. Llenar la casa de velas, dejar los bolis a mano (y las tijeras). Abrir las ventanas de par en par. Hacer cursos largos, de todo, cualquier día, a cualquier hora. Dormir en los viajes. Hacer sólo una maleta. Saborear los restaurantes (y comer sin interrupciones). Decir me voy e irme. Salir sin mudas de repuesto, ni pañuelos, ni por si acasos. Estar al día, conocer los restaurantes de moda, ir al cine o al teatro. Saltarme horarios y rutinas sin remordimientos. Leer novelas, y los periódicos y revistas de todo tipo. No tener sueño, y si lo tengo: dormir. Conservar la casa recogida sin hacer nada. Ir a la compra una sola vez. No conocer a mi médico de cabecera ni sentir dolor de espalda (¿se puede?). Ahorrar a final de mes. No ir con prisas. Encontrar las cosas donde las dejé. Despertarme por mí misma. Dormir seguido (¿lo he dicho ya?). Tener los sofás limpios (y las paredes). Llevarlo todo al día,  estar organizada, recordar las cosas. Ponerme tacones (y collares, y pendientes largos). Tener tiempo hasta para perderlo. 

No tenerle miedo a la muerte (ni a los virus).

El silencio.  

Eso era mi vida antes. Antes de tener hijos. Antes de las noches partidas y los horarios locos. Antes de los bolsos llenos y las ojeras. Cuando la vida era más o menos tranquila, serena, ordenada. Ahora todo está embarullado, desorganizado y revuelto. La vida es más ruidosa y desconcertante pero también más intensa, más pura y asombrosa, más apasionante. Y yo me siento mucho, mucho más viva.

No sé cómo podía vivir sin ellos. 


Foto de ANA GUISADO
¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? ¿Acaso hay mejor lugar para soñar que París?




Ella es morena, con el pelo negro y lacio y los ojos grandes, rasgados. En el cole le llamaban La China, y podría pasar por turca o vietnamita pero, en realidad, cuando se maquilla, se parece un poco a Pocahontas. Sólo que más guapa.   

Tiene una buhardilla en la Place Dauphine, en París. Es una casa pequeña, un "pied-à-terre", con suelos entarimados a la francesa, puertas blancas y dos balcones estrechos por los que entra la  luz. La luz de París.

Dicen que París es para los enamorados. Y es lo que ella intenta recoger en sus fotos. Allí, su ritmo es otro. Procura salir temprano, casi de madrugada, cuando las calles aún palpitan adormecidas y el sol comienza a bañar las fachadas. Camina, recorre las plazas, callejea. Busca los sitios conocidos y se pierde para encontrar nuevos rincones escondidos que atrapar con su cámara. Fotografía chaflanes, mercadillos y terrazas. Pero lo que más le gusta retratar  es la cadencia de la ciudad y ya hace mucho tiempo que perdió el miedo a hacer robados.

Procura siempre reservarse un rato para deambular por el Louvre. A veces también visita el delicioso jardín del Museo Rodin. Se detiene a ver los barcos pasar en alguno de los puentes que asoman al Sena y no perdona una parada en algún café decadente, ni comprar pan. Un par de baguettes siempre, claro.

Al anochecer, regresa a casa. Decorado en tonos tierra, la buhardilla es todo lo que siempre soñó. Paredes forradas de libros, un sofá grande y mullido hecho a la medida de sus siestas, fotos grandes, enmarcadas con passepartout, apoyadas en el suelo. Sobre el viejo velador de mármol herencia de su abuela, cuadernos, plumas y revistas de viajes. Dos viejas maletas hacen la vez de mesa de centro y junto a los balcones, macetas de barro cocido con aspidistra, monstera y cheflera. Se advierte algo de desorden: los cojines amontonados, las mantas enredadas ... Ese pequeño desbarajuste cálido que le proporciona apenas echar de menos a los suyos. Pues cuando está allí se deja arrebatar por la ciudad y se olvida hasta de su familia. Claro que ellos la perdonan, porque conocen cómo es, y saben que, en el fondo, les quiere mucho.

Y aunque le tiene el pulso cogido a la ciudad, deambular por sus calles siempre le resulta de lo más evocador. Cuando aterriza lo hace llena de ganas y expectativas pero siempre se marcha satisfecha y con la cámara y los ojos llenos de tesoros. Y a su vuelta, cogerá el avión pensando en cuándo regresar a París pero deseando volver a casa, con sus hijos, con su marido. Aunque seguirá sin llamar a su familia.

Pero es que ella es de llamar poco.




P.D. Y por si alguien se lo pregunta, las plantas se las riega Philippe, el portero, pues, como todo el mundo sabe, las viejas buhardillas de Paris tienen porteros, educados y caballerosos, aunque algo anticuados y cascarrabias, que se llaman Philippe y acostumbran a regar las plantas.



Foto de ANA GUISADO
Los viajes son en la juventud una parte de educación, y en la vejez una parte de experiencia.
Francis Bacon





Me gustan los lugares bonitos, los pueblos pintorescos, las ciudades monumentales. Los lugares que transmiten. En mi retina atesoro paisajes asturianos, secretos del Camino de Santiago y calles de París. Volvería una y mil veces a Londres, a África, o a Italia. Devoro las revistas de viaje y busco con codicioso afán destinos desconocidos. Lugares que me hagan soñar, que me emocionen por su historia, por su literatura o por su belleza.

Me ocurre casi siempre que me enamoro de los sitios. Que de tanto leer, curiosear y recorrer acabo haciéndolos míos. Imagino dónde viviría, cuál sería mi rutina, qué vida llevaría. Y así he "tenido" casa en Portugal, en Normandía o en Ibiza. Siempre virtual claro, pero ¡y lo baratitas que me salen!

Pienso que los sitios se hacen tuyos cuando los caminas, cuando tienes su plano en la cabeza, cuando te sitúas. Los viajes comienzan mucho antes de la fecha de salida. Uno ya empieza a viajar cuando planifica, cuando investiga, cuando se prepara. Porque no es lo mismo viajar que trasladarte, hay que comer la comida típica, averiguar sus costumbres, visitar sus mercados, hablar con su gente. 

Empaparte. Integrarte. Adaptarte. Donde fueres haz lo que vieres.

Por eso tampoco suelo hacer fotos de las cosas que me impactan. En mi memoria hilvano recuerdos: la sonoridad del tamboril rociero, el sabor terroso de un buen café siciliano, el traquetreo de los carros birmanos... Viajar es aprender a mirar. Y todos los grandes viajeros han visto más cosas que las que recuerdan y recuerdan más cosas que las que han visto (B. Disraeli dixit)

Viajar, también, es mucho más que llegar. Viajar es planear, explorar, trazar rutas. Viajar es averiguar, callejear y comprar. Es perderse y encontrarse, sorprenderse y desilusionarse. Es conocer, aprender,  curiosear y atreverse. Viajar es enfrentarse al temor de lo desconocido, abrirse a lo nuevo, vencer los prejuicios, cambiar de perspectiva. 

Y viajar es volver. Porque no hay nada mejor que regresar. Aunque el hombre que vuelve nunca es el mismo que el que marchó.


Fotaza de ANA GUISADO
En la Antigua Roma las personas juraban por Júpiter en los tribunales de justicia, lo que llevó a la expresión común «¡por Júpiter!», que hoy se usa como arcaismo.



El nombre de jueves viene del latín: "Jovis díes" o "día de Jupiter". En casi todos los idiomas (francés, inglés, sueco, alemán, italiano, finés...) se asocia éste día al dios romano o a lo que representa (en las culturas nórdicas es el equivalente a Thor, que, como Jupiter, es representado por un trueno).

Y según la mitología, la humanidad vivió en el Paraíso bajo el influjo de Júpiter. Paraíso perdido, así que el jueves, según los antiguos, era el día que debía dedicarse a recuperar el edén. A vencer la pereza, la indolencia y las excusas que nos limitan. Es el día de ser optimistas, generosos y ambiciosos. Es el día de apuntar a lo grande, de ser espléndidos, de tener miras altas. Y de trabajar en conseguirlas.

El jueves es el día central. Con tres días por delante y tres por detrás, la semana está casi vencida y nos queda por delante lo mejor. El jueves es el día en el que tradicionalmente se comía centeno, y se procuraba nutrir el cerebro y desarrollar nuestra fuerza física. El jueves es el día asociado al crecimiento, la expansión, prosperidad y buena fortuna. También es el día que rige el anhelo de libertad, la exploración y el juego. No es casualidad, pues, que los jueves sean días "joviales".


Por eso, desde septiembre, aquí me encontraran los jueves, tratando de superar mis debilidades y vencer la desidia. Me propongo hacerles olvidar, unos minutos, sus problemas mundanos. Intentaré acercarles, y acercarme, a ese paraíso perdido. 


Describir momentos, colorear recuerdos, hilar anécdotas. Todo eso los jueves. Por que los jueves son los nuevos viernes. 


Y que los dioses nos pillen confesados.




Foto de ANA GUISADO



Sus padres no eran muy ricos pero le habían dejado la mejor herencia del mundo: el amor por la música. Ella le había salvado cuando ellos faltaron y en ella se refugiaba cuando el mundo le sonaba desafinado. En la música sembró sus sueños y esperanzas y en ella construyó su futuro.

La música fue su primer, y su único, idioma.

Recordaba los acontecimientos importantes de su vida a golpe de batuta. Su infancia eran nanas de su madre y canciones de Enrique y Ana. No recordaba los nombres de las chicas que le presentaban en los bares,  pero sí las canciones que sonaban en aquellos momentos. No concebía hacer deporte si no sonaba Queen en sus auriculares y no podía leer sin algo de música barroca en su cadena.

Sentía un amor desordenado por la música. En la banda sonora de su vida había habido momentos para motivarse, para relajarse, para evadirse y para soñar; incluso para llorar. Y todos ellos se los había proporcionado la música. 

Eligió el clarinete porque en él los agudos le sonaban más puros y los graves más rotundos. Y porque, no podía evitarlo, su timbre le recordaba a la voz de su padre, incluso cuando desafinaba.

En el pentagrama de su vida había, gracias a la música, más blancas y redondas que negras. Gozaba de un éxito sonoro que le hacía feliz. Y sin embargo cuando más sentía la magia de la música era cuando tocaba a solas.

El día había estado inquieto, el cielo agitado, pero cuando él tocaba la tarde escuchaba atenta.

Ahora que ya hemos sacado las botas de agua, y los termómetros bajan y las calefacciones tímidamente comienzan a encenderse. Ahora, justo antes de sumergirnos de lleno en el invierno, vamos a recordar el verano. Aunque sólo sea para decirle adiós, hasta la próxima...

Spring already?

Recuerdo los comienzos del  verano de mi infancia entre cubos de agua, bayetas y productos blanqueantes. Nuestra terraza era muy grande, tenía forma de U invertida y varias zonas  que albergaban distintos ambientes: el espacio para las tumbonas, el rincón del chill out, la zona de comedor  y hasta un hueco que mis padres habían aprovechado para esconder un pequeño bar. Casi todo era de color blanco: los sofás, las jardineras, los toldos y parte del suelo. El resto era verde: por el césped y la hiedra de las paredes y por todas las plantas que crecían – mucho más salvajemente de lo que a mi padre le hubiera gustado – en las jardineras.

El caso es que nuestro verano comenzaba bastante antes del mes de junio. Pocas semanas después de que el cambio de hora anunciara la próxima llegada de días largos y noches cálidas, mis padres sacaban los cubos y bayetas, los cepillos, los trapos para secar y todo tipo de productos blanqueantes que mi tía nos mandaba desde Alemania.

Siempre empezaban por los cojines más grandes. Quitaban los plásticos que los cubrían, pasaban agua a presión, extendían el blanqueante y frotaban con los cepillos. Después aclarado y secado, y así por los dos lados. Cada cojín podía llevarles casi 15 minutos y había tantos que aquello duraba semanas. Después había que mantener y relimpiar, y aplicarse a fondo para dejarlo reluciente cuando venían invitados. El viento siempre hacía de las suyas. ¡Aquello no acababa nunca!

Pasábamos el verano en la terraza; hacíamos la vida allí. Cuando éramos pequeños mi padre nos llenaba con la manguera una piscinita redonda y pequeña de plástico azul en la que apenas cabíamos  y nos compraba pistolas de agua y pelotas para mantenernos entretenidos. Pero a medida que fueron llegando los veranos comenzamos a participar en lo que se había convertido en una fiesta: la fiesta de la limpieza. Eran días de estar descalzos, de andar en camiseta, de abrazos mojados y bailes improvisados. Días donde hacer el ganso estaba permitido y comenzar guerras de agua era obligatorio. Todos ocupados, cada uno a lo suyo pero todos juntos.

Por eso para mí el verano siempre ha sido de color blanco y olor a limpio.

Y por eso cuando llega mayo y se acerca el buen tiempo y los primeros almendros en flor traen promesas de verano a mí me entran unas ganas irreprimibles de limpiar. 

Palabra de honor.

Estaba en el centro del escaparate de la papelería más bonita de Sevilla. Rodeada de cuadernos, estuches de madera pintados a mano y pompones de papel de seda de todos los colores, la primera vez que la vi sólo la observé desde la calle.

Volví a los pocos días, esta vez para entrar en la tienda. Era un local antiguo, no demasiado grande, con mucho sabor. Las paredes forradas con papel a rayas, muy gruesas, de color verde,  y un mostrador antiguo, alto y de madera.

Me atendió un señor, bajito, con bigote blanco, y vestido de traje, que salió de la trastienda en cuanto me oyó entrar. Él me explicó que la pluma formaba parte de una edición limitada de una colección inspirada en los dibujos de Leonardo da Vinci. Era de color marfil, tenía algunos de sus bocetos de puentes en el capuchón y El Hombre de Vitrubio en el barril y la particularidad de que podía transformarse en bolígrafo
.
Me dejó probarla. Escribí, como siempre, "Mañana en Roma". El trazo era fino, apenas rasgaba el papel. La tinta era de color marrón.

Siempre me ha gustado escribir con pluma, de gama alta o baja, no importa. El placer de la escritura se multiplica escribiendo a mano, empuñando una estilográfica. El ritual de cargar la tinta, la ceremonia de lavar a mano el plumín, el sonido del metal contra el papel… es toda una experiencia. Pero es que además esa pluma era algo especial, era exquisita. Y era muy cara.

Cogí la costumbre de desviarme hasta la tienda de vez en cuando para contemplarla.  Hasta que un día, en su lugar, me encontré con un bolígrafo Eskesen, bastante bonito, seguro muy práctico, pero también mucho más vulgar. 

Sólo desee que el que la hubiera comprado supiese apreciar su belleza y singularidad y disfrutara escribiendo.

Unos días después comía en familia cuando mi padre se levantó para traerme, envuelto en papel de estraza,  una cajita de madera, creo que de cedro, con la pluma de Leonardo dentro. Dijo que cuando la vió no pudo evitar pensar en mí. 

Si la vida está hecha de momentos  yo quisiera congelar ese instante.

Papá siempre sabe lo que quiero.

Café y magdalena

El ritual era el mismo cada mañana. Se deslizaba de la cama en silencio, cuando el sol comenzaba a despuntar pero afuera todavía era oscuro. De puntillas llegaba hasta el baño, se calzaba sus zapatillas de fieltro, color crema, suaves, calentitas y silenciosas, y bajaba despacito a la cocina. 

Cerraba la puerta con cuidado, una vez allí, no había peligro. Sintonizaba la radio -su marido siempre le cambiaba la emisora- y buscaba la música de Radio Clásica, que a esas horas, solía deleitarla con Bach, Händel, ó Telemann. 

Con la música barroca de fondo, abría la alacena. Había sido de su abuela, y era el mejor mueble que tenía en casa. Lo había lijado, barnizado y pintado ella misma, cuando su abuela se lo dejó en herencia, y aunque ahora distinto, todavía podía ver como presidia, majestuosa, la farmacia, cuando cobijaba aspirinas, linimentos, esencias y bálsamos, y toda clase de hierbas y ungüentos, que su abuela despachaba con absoluta normalidad aunque a ella le parecían tesoros.

Dependiendo del día, escogía un tipo de café. Era de Colombia si se sentía deprimida. De Kenia cuando tenía un duro día por delante. Árabe y con especias cuando estaba creativa. Y dulce y espeso cuando fuera llovía ó sentía nostalgia. Siempre en granos. Granos que ella cuidadosamente seleccionaba, prácticamente uno a uno, como si cada uno de ellos fuera diferente y único. 

Seguía moliendo a mano, como siempre había visto hacer un su casa. No quedaba tan fino, es cierto, sino más bien tosco y desigual, pero de esa forma el café iba desnudando poco a poco su perfume, primero tímidamente, después desplegando todos los matices de su aroma hasta que ella se sentaba, embriagada, y durante un instante se perdía en su  olor, y viajaba, unos días a Colombia, otros días a Kenia, a la India, ó a Brasil.

Nunca había consentido en aceptar una cafetera express en casa. Ni de filtro, ni de émbolo. Ella era fiel desde siempre a las cafeteras italianas. Las de toda la vida, las de aluminio con dos cuerpos que se enroscan en la parte central, con su depósito abajo para el agua, y su cestillo para el café. 

Siempre la dejaba fuera. En el alfeizar de la ventana para que el aire de la noche la secara bien. Y porque alguien le había dicho que si dormía fuera, la cafetera se cargaría de luz de luna y el café le sabría mejor. Supersticiones, pero ella, por si acaso, había hecho de eso una costumbre.

Usando el cacito que compró en el Mercado de las Pulgas de Paris, de mango largo, y medida exacta, rellenaba el cestillo, y enroscaba la tapa. ¿El agua? Siempre mineral, y a temperatura ambiente.

Preparaba su taza mientras la cafetera bailaba en el fuego. Era una taza de desayuno, de porcelana fina, con borde dorado y una minúscula flor rosada pintada a mano en el interior. Formaba parte de un juego de seis, que había pertenecido, también, a su abuela. Sólo las utilizaba para el desayuno y siempre había desayunado en ellas. Ya sólo quedaban dos.

Cuando la cafetera empezaba a silbar, apagaba el fuego y la dejaba reposar unos instantes. Impaciente, abría una rendija de la tapa para dejar escapar esa fragancia que para ella era como un bálsamo.

El primer café lo tomaba siempre solo; sin azúcar, sin leche. Sin nada que enturbiara su sabor. Lo bebía muy caliente, tanto, que le quemaba la garganta, pero le encendía el cuerpo y le despertaba el alma. De un solo trago, largo y pausado. De pie, frente a la ventana.

Paladeaba después el sabor que le dejaba en la boca: fuerte, terroso, seco y maduro, a veces algo picante, siempre fragante, y en seguida se preparaba su segunda taza.

Esta vez calentaba algo de leche. Le gustaba que fuera entera, de sabor rotundo, la quería muy caliente y cremosa, pero sin espuma. Y la vertía en dos tandas, antes y después del café, como arropándolo.

Se sentaba en la mesa, miraba al jardín. Contemplaba como el día comenzaba a desperezarse. Disfrutaba de las vistas, del café, de su leche caliente y de su taza de porcelana. Pronto comenzaría a oír los primeros ruidos en casa. Sonidos de pisadas, de puertas que se abren, de grifos que corren y niños que pelean.

Se dejaría envolver por ellos, y por eso, aunque después vinieran muchos otros  cafés, ninguno le sabría como aquel.