Cuando jugar lo es todo...


Pompas de jabón / Soap bubbles Vivían en distintos bloques de un pueblo a las afueras de Madrid. Era una colonia pequeña, sin grandes jardines, ni piscina, ni club social. Sólo un patio con suelo de color rojo y rodeado de árboles y plantas. Allí se juntaban a jugar todas las tardes, sobre todo en verano.

Era la hora de la siesta. La madre de Ana leía en uno de los bancos del patio, a la sombra. Sólo se oía el canto de los pájaros: verderones, jilgueros y algún mirlo. Desde la garita Felipe, el portero, dormitaba mientras la radio retransmitía el Tour de Francia.

Aquella tarde jugaban en corro, serían unos seis niños. Ana tenía casi cuatro años, Carolina tendría 10. Ana era más pequeña,  apenas conocía a nadie y era muy tímida. Carolina era mayor, mandona y mucho más osada.

El juego es el lenguaje de los niños. A ellos no les hacen falta reglas, ni manual de instrucciones, ni siquiera turnos. Pueden hablar idiomas distintos y aún así entenderse jugando. Por eso la madre de Ana apenas les prestaba atención y, enfrascada en su libro, sólo miraba de vez en cuando distraída. Fueron las voces de Ricard las que la hicieron reparar en lo que estaba ocurriendo.

Carolina había decidido que eran demasiados y había apartado a Ana del corro. Ricard protestaba y  Ana, sentada en el suelo, miraba con cara de no entender nada. Carolina le sujetaba los brazos para que no pudiera levantarse y unirse al grupo.

El enfado es una reacción normal en todos los seres humanos. Pero la indignación y el dolor  que siente una madre al ver a su hijo amenazado no es comparable a nada. Hay veces en las que ponerse como una leona está justificado.

La madre de Ana supo controlar su enfado, pero no pudo evitar reaccionar ante la injusticia y la ofensa de la mejor manera que supo: invitó a todos los niños a un helado. 

A todos excepto a Carolina.

A la vuelta, y con todo el cariño del mundo sólo le dijo: A nadie le gusta que le rechacen y le aparten, ¿verdad?

El tiempo pasó y a aquella tarde de juegos le siguieron otras muchas. Y Ana creció, sacó las mejores notas en el colegio y en la universidad, viajó, aprendió idiomas, comió muchos más helados e hizo muchos, muchos amigos allá donde fue. Y no volvió a recordar aquella tarde.

Carolina nunca la olvidó.

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Pues dime si te ha gustado!!!!!!
      º_º

      Beso!

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    2. (es la segunda vez que pongo este comentario, se me ah borrado!) Pues claro que me ha gustado, haces que nos metamos en la historia. Y el final, como siempre, dicho mal y pronto: cojonudo.

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    3. Pues me encantan las cosas dichas mal y pronto!!!!
      ^_^
      Gracias!!! Muac!!!

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  2. Que inteligente la madre de Ana y muy buena lección para Carolina. Hay que ayudar a las muchas Anas que nos encontramos en el camino, creo que en algún momento todas hemos sido un poco Ana.
    Enhorabuena por tu relato !!

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    1. Gracias Rosana!
      Como siempre es un placer tenerte por aquí!

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